Empecemos por   preguntarnos por qué la ‘fe triunfalista’ en el mercado tiende a soslayar la reflexión sobre el carácter del bien común. Lo hace porque es más cómodo tenerlo fuera de la   discusión pública porque –según esa fe– estamos en desacuerdo en casi todo. Su conexión con la filosofía pública: en las playas encontramos letreros que prohiben  llevar cerveza o comida –para no ensuciar el lugar– so pena de pagar una multa de 200 dólares; sin embargo, para quienes el dinero no es un inconveniente bien podrían llevar cerveza y comida y pagar la multa, aparentemente, todos contentos. Mas, se confunde el pago de usar un bien común (membrecía) con el pago de una multa que es, más bien, una desaprobación moral.  Lo propio sucede con el trato que dan al medio ambiente las grandes corporaciones. El papa Francisco en su encíclica ‘Laudato Si’ nos conmina a reconsiderar nuestro actual modo de vida para reflexionar sobre el daño que ocasionamos al medio ambiente, daño que será irreversible si no conjugamos nuestro estilo de vida con la preservación de la belleza de la Tierra. Si no lo hacemos, seremos destructores incontrolables de nuestro mundo. El Papa nos plantea la nueva visión de transformarnos a nosotros mismos, enfatizando que más que política necesitamos una educación medioambiental. Los críticos a la visión papal son los que tienen al mercado como tótem y para quienes la ‘eficiencia es el principio moral’. Si pagas (la multa) tienes el derecho a contaminar el medio ambiente. Por esa razón es que no quieren que ese fundamental tema se discuta en la arena pública porque estamos en desacuerdo hasta en los principios que consideramos sagrados.

Ese liberalismo a ultranza, la interpretación antojadiza y conveniente de membrecía y multa, desnuda una importante conexión: nos estamos convirtiendo vertiginosamente en una ‘sociedad de mercado’, donde el mercado cambia nuestro estilo de vida y donde ese ‘mercado triunfalista’ decide por nosotros. Para ponerlo en su   respectivo lugar es necesario traer esa discusión a la vida pública. Como los resultados de las elecciones generales, al margen de qué es lo que cambió, debemos estar vigilantes para condenar lo feo sin que nos distraigan las hórridas medidas contra el trabajo digno y la dignidad humana. El crecimiento de la meritocracia, vale decir, dar oportunidades a los que lo merecen es una utopía clasista donde se avanza en función de los méritos. Si eso fuera verdad, sería un insulto para los de ‘abajo’ y un premio para los de ‘arriba’ quienes asumirían que se lo merecen todo. Por eso se dan las ‘revueltas populares’  que son fruto de un ‘resentimiento’ larvado en las desigualdades (Occupy Wall Street). La meritocracia oscurece la diferencia semántica que hay entre ‘talento’ y ‘privilegio’ lo que lleva a la manida justificación de los que gozan de privilegios de que nada es culpa de ellos. De allí la importancia de recordar a los de ‘arriba’ que el talento que los llevó a la cúspide fue fundamentalmente por el acceso y usufructo de las oportunidades que el sistema brinda, particularmente,  a los que están dentro él.  

Evitar esa manipulación es resistir al liberalismo a ultranza que predica la autosuficiencia de decir ‘tengo los privilegios  que me merezco porque soy talentoso’ y que solo trae humillaciones y resentimiento en una ‘sociedad de mercado’, donde cuidar el jardín, por ejemplo, no importa porque sencillamente ‘no produce’.   Por eso es vital traer a la vida pública la discusión del medio ambiente o del bien común o de lo sagrado. No olvidemos que el engranaje fundamental de la economía no reside en un factor científico, sino en un factor sicológico llamado ‘confianza’. Si perdemos la confianza –elemento vital en todo lo que hacemos en nuestra vida– seremos una nave al garete.