La educación es esencial para la misión de la Iglesia y es el principal vehículo que utiliza para llevar a cabo su deber fundamental de evangelizar, porque “involucra a toda la comunidad cristiana” (Benedicto XVI, 2008). Esa misión tiene su mejor expresión en las escuelas católicas de Maryland, donde por más de 200 años sirven a las familias de ese Estado, proveyendo a sus hijos mejores oportunidades educativas, ergo, excelente educación académica y formación integral –física, intelectual y espiritual. Estas escuelas tienen la responsabilidad compartida del desarrollo socio-cultural de las diferentes comunidades que las integran. Además de la excelencia académica, comparten el servicio a la comunidad que se refleja en las altas tasas de graduación de la secundaria y asistencia a las universidades, lo que contribuye a cerrar la brecha educativa entre familias solventes y familias de bajos ingresos económicos. Por eso, en palabras de BXVI, las escuelas católicas son “un apostolado excepcional de esperanza”.

Sin embargo, mantener a flote ese apostolado no está libre de obstáculos, sobre todo cuando hablamos de las matrículas escolares que en los últimos años han ido disminuyendo, una tendencia que se observa a nivel nacional, amén del continuo reto de solventar los altos costos de mantener y mejorar las escuelas, las necesidades de aprendizaje y los sueldos de los maestros. En el estado de Maryland, por ejemplo, como una manera creativa de enfrentar esos desafíos, se tiene el programa de becas Ampliando las Opciones y Oportunidades para los Estudiantes de Hoy (BOOST, siglas en inglés), iniciativa que brinda asistencia a los alumnos de familias de bajos ingresos para cubrir la matrícula en una escuela privada de su elección. Ante el riesgo de perder los fondos de BOOST, que opera desde hace cuatro años, estudiantes de escuelas católicas abogaron en favor de BOOST en el reciente Día de Cabildeo de las Escuelas Privadas en el capitolio de Annapolis, un ejemplo de participación cívica y de la gran demanda de las becas BOOST.

Las escuelas católicas prestan un sostenido servicio público a través de la educación sobresaliente, ahorrando al público millones de dólares de impuestos anualmente. El sistema jurídico y la economía solo requieren que el dinero que el Estado recibe de los impuestos beneficie a todos los estudiantes, sin tener en cuenta el lugar o la clase de escuela donde estudian. En el ejemplo que nos ocupa, BOOST beneficia a todos al crear fuertes lazos entre la educación, los negocios y el Gobierno, razón de más para hacer todo lo posible –en cooperación con la comunidad en general– para asegurar que las escuelas católicas sean asequibles a las personas de cualquier situación socio-económica y –gracias a BOOST– sean una opción viable para mejorar los niveles educativos de los estudiantes de familias menos favorecidas.

Hoy, más que nunca, una educación de primera clase es un requisito para el éxito, en un mundo altamente competitivo. Pero, tenemos que esforzarnos más y pedir más?de nuestros estudiantes, de las escuelas y de nosotros mismos. Esa prioridad exige que cada niño reciba una educación de calidad que garantice su graduación de la secundaria preparado para enfrentar los retos universitarios, imperativo moral clave para una sociedad más equitativa y justa. Mantener la promesa de igualdad de oportunidades pasa, pues, por el ineludible aro de proporcionar una educación de primera clase a todos nuestros niños.