El arquetípico ritual de la abolición del tiempo y la necesidad de la repetición tiene su más gráfica expresión en la despedida del Año Viejo con el tradicional conteo regresivo para recibir alborozados en medio de abrazos y fuegos artificiales el Año Nuevo, ritual que se celebra en todo el planeta y en cada uno de nuestros hogares. La grita y la euforia de la celebración silencia por completo el ulterior desarrollo de las consecuencias de esa abolición y su resistencia como reacción a la modernista fe en la historia, entendida como un progreso progresivo a través del cual “el hombre se hace a sí mismo”, manida y célebre frase que se contrapone a la vernacular expresión inglesa “matando el tiempo” (‘killing time’), que es –más bien– una señal de recreación opuesta al trabajo, convirtiéndose en un imperativo ético de la vocación humana que nos invita a la re-creación. El mito o ritual revela de una manera coherente la obsesión de lo primitivo con lo real: una sed de ‘ser’. 

En el mundo mundano, por lo general, un objeto o un hecho se vuelve real en la medida en que imita o repite un arquetipo, un modelo o paradigma. En otras palabras, la realidad se asimila y se aprehende como tal a través de la repetición o la participación: el conteo regresivo para despedir el año que se va y recibir el año que viene es una clara muestra de lo que hablamos, de allí que todo lo que carezca de un ‘modelo’, al final de cuentas, no tiene sentido porque carece de ‘realidad’. El deseo del hombre de sociedades tradicionales de rechazar la historia y confinarse a una repetición indefinida de arquetipos es también un mudo testigo de su ‘sed’ por lo ‘real’ y, también, del terror de verse abrumado por la falta de sentido de una existencia profana, donde su comportamiento está gobernado por la creencia en una realidad absoluta opuesta al mundo profano de las irrealidades.

El hombre arcaico no reconoce ningún acto que no haya sido previamente postulado y vivido por alguien más. Lo que él hace ha sido hecho antes, vale decir, su vida es una incesante repetición de gestos iniciados por otros. Enfocarse en la repetición de comienzos y finales testimonia la creencia de que el tiempo se detiene periódicamente (de que es abolido), para luego recomenzar como el ritual de Año Nuevo, una recreación de escenarios de muerte y renacimiento, un ciclo ‘antihistórico’ para vivir en un continuo presente. Mas, re-valuar la historia como una epifanía, como un proceso lineal irreversible, lleva insito la tentación de que, en lugar de un recuerdo, habrá un olvido de lo divino. En lugar de un mito de la futura abolición del tiempo, habrá un mito de un futuro extendido de progreso ilimitado realizado por individuos autónomos, devenir que se ‘tomará’ por ‘ser’ como el lugar del significado, lo que resulta en la ansiedad del hombre moderno y su desesperación ante el terror de la historia. El hombre que ha dejado los arquetipos y la repetición no puede defenderse a sí mismo contra ese terror, excepto a través de la idea de Dios. A través del cristianismo, el hombre moderno descubre su libertad personal y el tiempo continuo. El cristianismo traduce la regeneración periódica del mundo en una regeneración del individuo humano.

La historia cesa totalmente para el hombre de las culturas arcaicas, que la suprime periódicamente, mas para nosotros los cristianos, la historia puede ser regenerada a través de cada uno de nosotros. Como lo hacemos en la Navidad que “inaugura una nueva era, donde la vida no se planifica, sino que se da; donde ya no se vive para uno mismo, según los propios gustos, sino para Dios y con Dios… que camina con nosotros. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre ‘mi tiempo’, de Dios sobre mi ‘yo’”, de allí el clamor del papa Francisco de no mundanizar la Navidad.