Sudáfrica y el mundo celebró, esta semana, en el centenario de su nacimiento, la memoria del héroe de la lucha contra el régimen de segregación racial del ‘apartheid’, Nelson Mandela, quien dedicó su vida al sueño de lograr una sociedad justa para todos. ‘Madiba’, como se le conoce en su país,  enseño con el ejemplo que el perdón, el respeto y el servicio no son meras palabras, sino acciones concretas. El legado de Mandela, un hombre universal, no conoce fronteras y es hoy un patrimonio de la humanidad. El expresidente estadouni-dense Barack Obama, orador de honor en la conferencia organizada por la Fundación Mandela en Johannesburgo, dijo: “Madiba nos recuerda que nadie nace odiando a otro por el color de su piel. La gente aprende a odiar y si pueden aprender a odiar pueden aprender a amar, el amor es más natural al corazón humano”.
Cuando Nelson Mandela murió, en el 2013, en Sudáfrica, su país natal, no se habló de muerte, sino de transición, de pasar a las próximas generaciones la posta del compromiso de luchar, sin cuartel ni tregua, por la igualdad de oportunidades, justicia y libertad. En el entendido de que somos nosotros los artífices de poder construir una vida mejor para nosotros mismos. Él fue un extraordinario ejemplo de lucha enteriza por la igualdad, una causa que no se puede disociar de su carácter y la consistencia de sus principios al servicio de una voluntad de hierro.  Nelson Rolihlahla Mandela –su nombre tribal Rolihlahla significa en lenguaje coloquial ‘agitador’–  era un luchador, por antonomasia, un revolucionario que fue condenado a 27 de años de cárcel por defender sus convicciones.  Un hombre que alzó su voz contra el hórrifico ‘apartheid’: una política de segregación racial y discriminación impuesta por los gobernantes blancos de Sudáfrica. Hoy todos los sudafricanos son considerados iguales ante su Constitución.
Los que no pueden imaginarse el cambio –decía Mandela– revelan una miope y pobre imaginación y no la dificultad del cambio. Él enseñó –con el ejemplo– de que nada es imposible hasta que está hecho, razón de más para abrazar sin reservas su legado de igualdad y libertad educando a nuestros jóvenes porque solo ‘la educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo’. Más allá de los elogios y tributos, esta es una gran oportunidad para poner en práctica sus enseñanzas: uniéndonos como comunidad y como nación, como lo hizo él. Los hombres pasan, pero sus legados quedan. Lincoln y Mandela nos dejaron el legado de una ‘nueva libertad’: la de igualdad de oportunidades para todos, que empata hoy con la de una justa redistribución de la riqueza, mensaje seminal de Martin Luther King, Jr. 
Mandela alentó a dialogar, a perdonar y enmendar.  El perdón llama a la enmienda. Cuando Mandela salió de la prisión –casi tres décadas des-pués– entendió que su misión era liberar al opresor y al oprimido como lo escribió en sus memorias (A Long Walk to Freedom): “La verdad es que todavía no somos libres. No hemos dado el paso final de nuestro viaje, pero si el primer paso de un largo y aún más difícil camino. Porque para ser libres no basta liberarse de las cadenas, sino vivir de una ma-nera donde se respete y se realce la libertad de los otros”. La imagen de Mandela es un ícono que se agigantó durante su presidencia por sus esfuerzos de reconciliación en una Sudáfrica envenenada y dividida por el ‘apartheid’. Mandela no guardó rencor y perdonó: un ejemplo del enorme poder que reside en el amor, el entendimiento y el perdón. Mostró a sus captores bondad y afabilidad: un acto de supremacía moral. Al hacerlo se conquistó a sí mismo y redujo a su mínima expresión a sus opresores, magnífico testimonio de que ‘sí se puede’ y de que todo es posible si perseve-ramos.