El pasaje de la Carta de san Pablo a los Romanos (cfr. Rm 4,16-25) es un gran don para nosotros. Efectivamente, estamos acostumbrados a reconocer a Abraham como nuestro padre en la fe; hoy el apóstol nos hace comprender que Abraham también es para nosotros padre en la esperanza; no sólo  padre de la fe, sino padre en la esperanza. Y esto, porque en su vicisitud ya podemos entrever  un anuncio de la Resurrección, de la vida nueva que vence al mal y a la misma muerte.?El texto dice que Abraham creyó en el Dios "que da vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean" (Rm 4:17); y luego precisa: "No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor… y el seno de Sara igualmente estéril" (Rm 4:19). Así es la experiencia que también  nosotros estamos llamados a vivir. El Dios que se revela a Abraham es el Dios que salva, el Dios que saca de la desesperación y de la muerte, el Dios que llama a la vida. En la historia de Abraham todo se convierte en himno al Dios que libera y regenera, todo se convierte en profecía. Y se convierte para nosotros, para nosotros que ahora reconocemos y celebramos el cumplimiento de todo esto en el misterio de la Pascua. Para Dios "que resucitó de entre los muertos a Jesús" (Rm 4:24), para que también nosotros podamos pasar en Él de la muerte a la vida. Y, realmente, Abraham bien puede llamarse entonces "padre de muchas naciones", porque res-plandece como anuncio de una nueva humanidad –¡ nosotros!–, rescatada por Cristo del pecado y de la muerte e introducida de una vez por todas en el abrazo del amor de Dios. En este punto, Pablo nos ayuda a focalizar la estrecha unión entre la fe y la esperanza. Afirma, efectivamentes, que Abraham "creyó, esperando contra toda esperanza" (Rm 4:18). Nuestra esperanza no se asienta sobre razonamientos, previsiones y seguridades humanas; y se manifiesta allí donde ya no hay esperanza, donde no queda nada que esperar, como sucedió con Abraham, frente a su muerte inminente y a la esterilidad de su esposa Sara. Se acercaba el final para ellos, no podían tener hijos, y en esa situación, Abraham creyó y tuvo esperanza contra toda esperanza. ¡Y esto es grandioso!  La gran esperanza está enraizada en la fe y, por eso, es capaz de ir contra toda esperanza. Sí, porque no se basa en nuestra palabra, sino en la Palabra de Dios. También en este sentido, estamos llamados a seguir el ejemplo de Abraham que, incluso ante la evidencia de una realidad que parecía destinada a la muerte, se fía  de Dios, "con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para lo prometido" (Rm 4,21). Me gustaría preguntaros: Nosotros, todos nosotros, ¿estamos convencidos de ello? ¿creemos que Dios nos ama y que está dispuesto a cumplir todo lo que nos ha prometido? “Pero, padre, ¿cuánto tenemos que pagar?”  Sólo hay un precio, abrir el corazón. Abrid vuestros corazones y esta fuerza de Dios os llevará adelante, hará cosas milagrosas y os enseñará  qué es la esperanza. Este es el único precio: abrir el corazón a la fe y Él hará el resto.?Esta es la paradoja y, al mismo tiempo, el elemento más fuerte, el más alto de nuestra esperanza. Una esperanza fundada en una promesa que, desde el punto de vista humano, parece incierta e impredecible, pero que no falla  incluso ante la muerte, cuando el que promete es el Dios de la Resurrección y de la vida. ¡Esto no lo promete cualquiera!  El que promete es el Dios de la Resurrección y de la vida.??Queridos hermanos y hermanas,  pidamos  hoy al Señor la gracia de permanecer firmes no tanto en nuestra seguridad, en nuestras capacidades, sino en la esperanza que brota de la promesa de Dios, como verdaderos hijos de Abraham. Cuando Dios promete, cumple lo que promete. Nunca falta a su palabra. Y entonces nuestra vida asumirá una luz nueva, conscientes de que aquel que resucitó a su su Hijo también nos resucitará y nos hará, verdaderamente, uno con Él, junto con todos nuestros hermanos en la fe. Todos nosotros creemos. Hoy estamos todos en la Plaza, alabamos al Señor, cantaremos el Padrenuestro, después recibiremos la bendición. Pero esto pasa. Pero esta también es una promesa de esperanza. Si tenemos hoy un corazón abierto, os aseguro que todos nos encontraremos en la plaza del Cielo que nunca jamás pasará. Esta es la promesa de Dios y esta es nuestra esperanza, si abrimos      nuestros corazones.

* Tema de la catequesis de esta semana del Papa, quien al término de su discurso invitó a la oración para la reconciliación en Irak.