Doy gracias a Dios por la presencia de tantos jóvenes –en la Jornada Mundial de la Juventud 2019 realizada en Panamá– que han contagiado a todo el país y a toda América Central con su alegría y su fe. Agradezco también a las autoridades, a los habitantes y a todos los voluntarios por su afectuosa acogida.

Los niños, mi orgullo, mi futuro

Lo que me llamó tanto la atención en Panamá fue que la gente levantaba en brazos a los niños –cuando pasaba en el Papamóvil–, todos levantaban a los niños como para decir: ¡He aquí mi orgullo, he aquí mi futuro!  Y ¡hacían ver a los niños y eran tantos! Y los padres o las madres orgullosos de aquel niño.

El invierno demográfico, sin niños, es duro

Pienso en la gran dignidad de ese gesto, y ¡cuán elocuente es para el invierno demográfico que estamos viviendo en Europa! El orgullo de aquella familia son los niños. Y la seguridad para el futuro son los niños. ¡El invierno demográfico, sin niños, es duro!

América Central necesitada de esperanza, paz y justicia

El encuentro con los jóvenes fue una oportunidad para encontrarme con otras realidades del país, con las autoridades, los obispos, los jóvenes detenidos, los consagrados y una casa-familia. Todo fue como ‘contagiado’ y ‘amalgamado’ por la presencia gozosa de los jóvenes: una fiesta para ellos y una fiesta para Panamá, y también para toda América Central, marcada por tantos dramas y necesitada de esperanza y de paz, y también de justicia.

El rostro multiforme de la Iglesia en América Latina

La Jornada Mundial de la Juventud estuvo precedida por el encuentro de los jóvenes de los pueblos nativos y afroamericanos. Un hermoso gesto, tuvieron cinco días de encuentro, los jóvenes indígenas y los jóvenes afrodescendientes.

Ellos, que son muchos, fueron quienes abrieron la puerta a la Jornada Mundial de la Juventud 2019. Lo que definió una iniciativa importante que ha manifestado aún más el rostro multiforme de la Iglesia en América Latina: “América Latina es mestiza”.

Los jóvenes cristianos son en el mundo levadura de paz

Ver desfilar juntas todas las banderas, verlas danzar en las manos de los jóvenes felices de encontrarse, es un signo profético, un signo contracorriente con respecto a la triste tendencia actual, la de los nacionalismos conflictivos, que levantan muros y se excluyen de la universalidad, del encuentro entre los pueblos. Es un signo de que los jóvenes cristianos son en el mundo levadura de paz.

En la “huella mariana” de esta Jornada Mundial de la Juventud, en la etapa del Vía Crucis, es decir, caminar con María detrás de Jesús que lleva la cruz es escuela de vida cristiana, donde se aprende el amor paciente, silencioso y concreto.

En el Vía Crucis se aprende el amor paciente, silencioso y concreto

Les hago una confidencia: a mí me gusta mucho hacer el Vía Crucis, porque es ir con María detrás de Jesús. Y siempre llevo conmigo, para hacerlo en cualquier momento, un Vía Crucis de bolsillo, que me regaló una persona muy apostólica en Buenos Aires. Y cuando tengo tiempo, lo tomo y sigo el Vía Crucis. Hagan también ustedes el Vía Crucis, porque es seguir a Jesús con María en el camino de la cruz, donde Él dio la vida por nosotros, por nuestra redención. En el Vía Crucis se aprende el amor paciente, silencioso y concreto.

María, la “influencer de Dios”

En la Vigilia, en aquel campo lleno de jóvenes que durmieron allí (en la reunión final de la Jornada Mundial de la Juventud), y que a las ocho de la mañana participaron en la misa de clausura, se renovó el diálogo vivo con todos los chicos y chicas, entusiastas y también capaces de silencio y de escucha. Allí, los jóvenes pasaban del entusiasmo a la escucha y a la oración en silencio. A ellos les propuse a María como aquella que, en su pequeñez, más que cualquier otra persona ha “influido” en la historia del mundo, y la hemos llamado la “influencer de Dios”.

Instrucción, trabajo y comunidad para los jóvenes

Los jóvenes ‘no son el mañana’. No son el hoy para el mañana. No son el mientras tanto, sino el hoy, el ahora de la Iglesia y del mundo. Por eso, llamo a la responsabilidad de los adultos, para que no les falten a las nuevas generaciones la instrucción, el trabajo, la comunidad y la familia. Y ésta es la clave en este momento en el mundo, porque estas cosas faltan. Instrucción, es decir, educación. Trabajo: cuántos jóvenes carecen de él. Comunidad: que se sientan acogidos en la familia y en la sociedad.

La consagración del altar de la restaurada Catedral de Santa María La Antigua, que estuvo cerrada durante siete años, tiene un fuerte valor simbólico: una analogía entre el Crisma que consagra el altar, que es el mismo que unge a los que reciben el Bautismo, la Confirmación, a los sacerdotes y a los obispos. De ahí mi deseo de que la familia de la Iglesia, en Panamá y en el mundo entero, tome siempre del Espíritu Santo nueva fecundidad, para que prosiga y se difunda en la tierra la peregrinación de los jóvenes discípulos misioneros de Jesucristo.