No tengan miedo, pues yo vengo a comunicarles una buena noticia que será motivo de mucha alegría para todos: hoy ha nacido para ustedes un salvador, que es el Mesías y el Señor. (Lucas 2, 10-11).

Cada vez que escuchamos esta Buena Nueva en Navidad, debe ser un motivo de profundo alivio y gran aliento. Nuestra celebración del nacimiento de Jesús renueva en cada uno de nosotros un sentido de propósito, significado y apoyo mientras enfrentamos los muchos desafíos de la vida con esperanza para el futuro y acción de gracias por el poder del amor.

Esta es una época, una temporada, de esperanza renovada. A lo largo de la historia, la humanidad ha orado por las bendiciones en la vida, por la alegría, la armonía y la paz. Cuando se enfrentan a las dificultades y a todas las pruebas de la condición humana, las personas han anhelado a alguien que les guíe, les proteja y les salve.

Hoy no es diferente. Continuamos experimentando la necesidad de curación, de ser restaurados, de ser salvados. Buscamos a alguien que pueda aportar felicidad y liberarnos de todas nuestras debilidades y fallas humanas y de todas las incertidumbres de la vida, y respondernos así a las preguntas del por qué estamos aquí, cuál es el propósito de la vida y cómo debemos vivir.

Ahora, durante esta temporada navideña, celebramos porque sabemos que Dios escucha los gritos de su pueblo y los ha contestado. En la Palabra hecha carne, en Jesucristo, el Niño de Belén, comenzamos a experimentar nuestra salvación. El Evangelio y nuestra propia comprensión por 2.000 años de que Cristo está con nosotros, nos dice que viene a traer buenas nuevas a los afligidos y nos da descanso de nuestras cargas, para proclamar la libertad a los cautivos y oprimidos, para sanar nuestros corazones heridos y, más que todo, para decretar una era aceptable para el Señor (véase Mateo 11,28-30, Lucas 4,16-21).

Nos alegramos de escuchar todo de nuevo hoy: “Las personas que caminaron en la oscuridad han visto una gran luz. . . Tú les has traído abundante alegría y gran regocijo”, dice el profeta Isaías. “Porque un niño ha nacido para nosotros, se nos ha dado un hijo” (Primera lectura para la Misa de medianoche).

Esta Buena Nueva es la fuente de nuestra alegría navideña. Pero esta temporada sagrada también nos llama a reconocer que hay más que nuestro propio regalo, incluso tan grande como Cristo nuestro Salvador. Como el papa San Pablo VI dijo en Navidad, hace cincuenta años, “El misterio es este: la festividad navideña no es solo un recuerdo. Y no es solo una celebración de rituales, hábitos felices y afectuosos, alegría doméstica o pública. Es repetición, es renovación. El nacimiento de Cristo, divino y natural, debe ser nuestro propio renacimiento espiritual y cristiano” (Mensaje de 1968 Urbi et Orbi).

La venida de Jesús "nos da esperanza y también nos enseña el camino". Desde su gloriosa Encarnación -continuó el papa Pablo- "todo ser humano se ha vuelto sagrado, digno de todo cuidado, de todo respeto". Desde entonces, el criterio de nuestras propias vidas ha sido inaugurado: quien sufre, quien es pequeño, quien es pobre, quien es esclavo, quien ha caído, merece atención, alivio, respeto y merece una mayor justicia".

El papa Francisco nos dice: "La alegría del Evangelio es para todas las personas: nadie puede ser excluido" (Evangelii Gaudium, 23). Él nos recuerda que una comunidad evangelizadora también es de apoyo, sustentada por las personas en cada paso del camino, sin importar cuán difícil o prolongado sea esto.

Nuestra experiencia de la gracia salvadora de Cristo es algo que podemos y debemos compartir. En nuestro viaje van con nosotros aquellos que están lidiando con adicciones de todo tipo, aquellos que se están recuperando del abuso, la infidelidad y la traición. Debemos contar como nuestros compañeros en el camino de gracia a los inmigrantes, los enfermos, los reclusos, los encarcelados y muchos otros necesitados.

Habiendo sido bendecido por Dios con el regalo perfecto e inmerecido de su Hijo, es  justo que devolvamos algo. Al reunirnos en adoración alrededor del pesebre, ofrezcamos al niño Jesús nuestros propios regalos navideños amándolo y amándonos unos a otros, mediante nuestros actos diarios de bondad y reconociéndolo especialmente en los rostros de las personas necesitadas, de manera que al darle a ellos se lo damos a él (cf. Mateo 25:35).

En Navidad, nos regocijamos por la gran bendición que recibimos esa noche santa cuando una nueva luz amaneció sobre el mundo, Dios se unió con nosotros y fuimos invitados a ser uno con Dios. Qué esta temporada sea para ti un tiempo de paz, alegría y amor, y que te regocijes en las bendiciones de Dios durante todo el Año Nuevo.

¡Feliz Navidad a todos!