El Credo profesa nuestra fe en "el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica [y] la Comunión de los Santos". En noviembre, la Iglesia reconoce estas realidades trascendentes de una manera particular, comenzando el primero del mes con el Día de Todos los Santos, que eleva a los innumerables santos que residen plenamente vivos en Dios en el cielo. La celebración continúa al día siguiente con el Día de los Muertos, cuando recordamos y oramos por todos los fieles difuntos que ahora están siendo purificados para la vida eterna con el Señor. Para el resto de noviembre, en que concluye el año litúrgico de la Iglesia, la atención de nuestra Iglesia peregrina se concentra en la culminación del reino de Dios.

Así como la vida eterna comienza en el bautismo, nuestra comunión con los santos en el cielo comienza en nuestra afiliación a la Iglesia en la tierra. Es la misma familia unida por el Espíritu Santo que luego encuentra su culminación en la gloria. La Escritura describe esta comunión en lenguaje poético: "Vi un gentío inmenso, imposible de contar, de toda nación y raza, pueblo y lengua, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos"(Apocalipsis 7, 9).

En el mismo Espíritu del bautismo, asumimos una nueva vida que trasciende cualquier sangre, raza, origen étnico o nacionalidad que nos ata a este mundo. Nos convertimos en hermanos y hermanas a través del poder del Espíritu Santo que nos hace hijos adoptivos de Dios. De este modo, la Iglesia reza incesantemente para que podamos darnos cuenta de que tenemos el poder de ser: un pueblo de Dios, una familia que abarca a todas las personas de todos los colores, orígenes étnicos y orígenes nacionales unidos en la verdad que es Cristo y en el don del Espíritu.

Este bello mosaico de una diversidad de pueblos en una sola realidad viviente está maravillosamente re-presentado en las imágenes de los santos que adornan la Cúpula de la Trinidad en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción. Millones de piezas de vidrio de diferentes colores, formas y tamaños se juntan allí para reflejar el rostro de esta Iglesia universal, especialmente aquellos que tienen una conexión especial con América. Ellos incluyen, además, a nuestra Santísima Madre María, patrona de Estados Unidos, a los santos Juan Diego, Junípero Serra, Kateri Tekakwitha, Elizabeth Ann Seton, John Neumann, Katharine Drexel, Rose Philippine Duchesne, Frances Cabrini, Damien de Veuster, Marianne Cope, Rosa de Lima, Martín de Porres, Lorenzo Ruiz, Josephine Bakhita, el papa Juan XXIII, el papa Juan Pablo II y la Madre Teresa, así como el beato papa Pablo VI.

Noviembre es también en este país un tiempo para recordar y celebrar especialmente los logros, la fidelidad y el rico patrimonio de los católicos negros desde el comienzo de la Iglesia. A lo largo de la historia, los seguidores de Jesús en África o cuyos antepasados vinieron de África, –o proceden de los lugares de la diáspora africana, incluidas las Américas, islas como Cuba, Haití, Jamaica y otras partes– han hecho contribuciones invaluables a la fe y la vida de la Iglesia Universal y a nuestra Iglesia local.

Para contar esta historia de testimonio profundo y vibrante durante el Mes de la Historia Católica Negra, la arquidiócesis ha producido muchos recursos. Por ejemplo, además de tres Papas, algunos de los héroes santos con raíces africanas incluyen a los santos Agustín, los mártires Perpetua y Felícita y Charles Lwanga, el hermano dominico Martín de Porres y Josephine Bakhita que surgió de la esclavitud en Sudán. Más cerca de casa, hay muchos para ser emulados por su fe firme, como la madre María Elizabeth Lange, el venerable Pierre Toussaint, la venerable Madre Henriette Delille, Mathilda Beasley, el padre Augustus Tolton, Daniel Rudd, la hermana Thea  Bowman y la Dra. Lena Edwards.

Cuando profesamos nuestra fe en el Espíritu Santo, la Iglesia Católica y la Comunión de los Santos, de lo que estamos hablando realmente es de comunidad. Esta unidad, que reverencia el valor y la dignidad sublime de cada miembro de nuestra familia espiritual, sin importar su origen socioeconómico, raza o etnia, es sin duda una bendición para nosotros. También está destinada a ser una señal para toda la familia humana, que hoy es rasgada por tantas divisiones.

Es en este contexto que he escrito una carta pastoral: El Desafío del Racismo Hoy. Mi esperanza con este documento es que todos podamos reflexionar sobre el racismo, y reconocer lo que sigue siendo un grave mal y un pecado en nuestra sociedad, y que lo enfrentemos con la convicción de que de alguna  manera pequeña podemos ayudar a resolverlo. En este esfuerzo, que es parte de nuestra misión evangélica, no estamos solos. Tenemos el don de Dios mismo, su Espíritu Santo que nos hace uno, que nos ennoblece frente al desafío y nos da el poder para superar todos los obstáculos.

Nuestra profesión y participación en la Comunión de los Santos es parte de una realidad mucho más profunda que se desarrollará y madurará en una unidad universal ante el Señor, si lo permitimos. Cada palabra o acción que alienta la comunión y la comunidad, construye, de hecho, el reino de amor, justicia y paz de Dios.