El viernes 18 de enero, como parte de una larga tradición, decenas de miles de jóvenes de la Arquidiócesis de Washington y de todo el país participarán en la   Reunión de la Juventud y la Misa por la Vida en el Verizon Center y el DC Armory. A ellos se unirán en un espíritu de piadosa solidaridad y comunión los asistentes a una manifestación y misa para adultos y familias en la catedral de San Mateo Apóstol.

Esta multitud viene cada año, junto con obispos y sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas, a proclamar el Evangelio de la vida, mientras reciben la gracia de la misericordia de Dios y celebran la Eucaristía. Después, se procederá a la Marcha por la Vida, que atrae habitualmente a cientos de miles de personas a la capital de nuestra nación.

Todos los años me siento inspirado especialmente por la vitalidad y el testimonio de tantos jóvenes que hablan claro sobre la dignidad inherente, la santidad y el valor de toda vida humana, en estos eventos, en su vida cotidiana, y a través de las redes sociales con mensajes como # iStand4Life.

Mientras nos rededicamos nosotros mismos en nuestros propios esfuerzos para inculcar en este país una ética consistente de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Su testimonio nos debe llenar a todos nosotros con renovada determinación y esperanza para el futuro.

Durante su visita al Congreso, el papa Francisco afirmó que "toda vida es sagrada, todo ser humano está dotado de una dignidad inalienable",  y que los líderes de nuestra nación y todos nosotros, tenemos la "responsabilidad de proteger y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo". Sin lugar a duda, la vida humana es fundamental para todo lo que somos y tenemos. Sin ella no hay nada. Sin embargo, en todo el país hay un respeto disminuido por la vida y la dignidad humana.

Hoy en día muchos aceptan la premisa -fomentada en los medios de comunicación, en las escuelas públicas, e incluso en el derecho civil- de que el valor de la vida humana es relativa, y que las personas tienen la autonomía para elegir cuáles vidas vale la pena vivir y cuáles no. En particular, vivimos en una cultura que a menudo representa a los hijos como una carga, no una bendición, una cultura que dice caballerosamente a las mujeres jóvenes que simplemente pueden librarse del inconveniente de los niños no nacidos y seguir adelante si así lo desean. ¿Y cuál es el fruto de la mentalidad de "elección" del aborto de esta cultura? La vida humana se considera cada vez más barata a medida que la violencia acecha a nuestras comunidades, el suicidio está en aumento en todo el país, y en algunos estados, en vez de salvar vidas, hay médicos que ayudan a poner fin a la vida. Los ancianos y los discapacitados, además de los no nacidos, son especialmente vulnerables en este clima.

¿Qué hacemos frente a esta "cultura de la muerte", como la llamó san Juan Pablo II? Como pueblo de fe, nuestra respuesta es una de misericordia -de paciencia y perdón, consuelo y consejo, y ofrecer ayuda material a las madres, sus hijos, y otras personas necesitadas. Rezamos por ellos y buscamos sanar a aquellos heridos por la plaga del aborto, el suicidio, la eutanasia y  la violencia criminal, y despertar la conciencia de una nación.

Oramos también por los involucrados en la industria y el cabildeo del aborto, y por todos los demás que justifican la terminación de la vida humana inocente, para que sus corazones sean transformados y que nuestra nación pueda disfrutar de las bendiciones de una cultura de la vida.

Esencial para este esfuerzo es la Reunión anual y la Misa por la Vida, y la Marcha que sigue, que pretenden levantar en nuestro país el valor y la dignidad de todos los seres humanos -niño y madre- y la necesidad de proteger tanto a los más vulnerables de la vida humana en el vientre, como la auténtica dignidad y el bienestar de las mujeres. Recordemos además que los hombres también se ven perjudicados por el aborto.

Cuando se enfrentan a un embarazo no planeado, algunas mujeres debido al miedo y la ansiedad caen presas de las falsas promesas del aborto, creyendo que esa es la única solución. Sin embargo, muchas encuentran que no es tan simple, que no proporciona alivio, sino un dolor perdurable -la absoluta autonomía sobre la vida no conduce a la autorrealización como se había prometido, sino a un sentimiento de pérdida y vacío. Así como recordamos a los niños cuyas vidas se han perdido, debemos abordar con misericordia esta necesidad real de los afectados por el aborto para encontrar la curación y la reconciliación, o prevenir el dolor en primer lugar.

Hay recursos y una comunidad de apoyo disponibles en toda la zona, incluyendo Santuarios por la Vida, la Red Gabriel, y otros centros de         embarazo para aquellas que están considerando un aborto; El Proyecto Raquel, un ministerio para las mujeres y los hombres que sufren después de un aborto; y la Promesa de Isaías, que proporciona apoyo a los padres afectados por un diagnóstico prenatal. En estos ministerios, no debes temer una condenación. Más bien encontrarás compasión y misericordia. Y lo más importante, es que la amorosa y sanadora misericordia de Dios está disponible en el sacramento de la  Reconciliación.

El legado del aborto legalizado es muy oscuro, pero sabemos que la luz puede triunfar sobre la oscuridad. Lo que se necesita es la fe y el compromiso de cada uno de nosotros para construir una cultura de la vida que reconozca la dignidad de cada persona. A través de la Reunión, la Misa y la Marcha por la Vida, y a través de nuestros propios esfuerzos diarios en la causa de la vida humana, los corazones se pueden transformar y podemos lograr una sociedad verdaderamente buena y justa y manifestar una civilización del amor.

* Columna publicada el 21 de enero de 2016.