Desde el comienzo de la Cuaresma hemos preparado nuestros corazones con obras de oración de caridad, auto-sacrificio y penitencia. Nuestra peregrinación de fe culmina con la Semana Santa y el Triduo Pascual cuando, al mismo tiempo, conmemoramos y entramos en los misterios de nuestra salvación. No sólo recordamos en este tiempo lo que Jesús soportó y la redención que él consiguió para nosotros. Estamos allí en la escena como testigos y participantes, mientras las experiencias de hace dos milenios se hacen una realidad presente.
El drama comienza el Domingo de Ramos con la proclamación del Evangelio de la triunfante entrada de Cristo en Jerusalén mientras batimos palmas de júbilo y aclamamos que Jesús es el Mesías. La narración completa de la Pasión se lee en esta misa, con todos los fieles desempeñando un papel. Nada tiene más significado que el relato de Jesús ofreciéndose a sí mismo como el cordero de sacrificio dado en rescate por su pueblo. Todo lo demás en la historia y en las escrituras nos conduce a estos eventos de salvación o fluye de ellos.
Las lecturas de la misa para esta primera parte de la Semana Santa preparan el escenario para el Triduo Pascual, igual que la santa unción de Jesús por María de Betania establece un contraste con su traición y negación. Aunque él sabía de la duplicidad de Judas, Jesús aún le dio la bienvenida en la mesa e incluso se arrodilló para lavarle los pies. El Señor nos enseña que aunque podemos pecar contra él y negarlo, él permanecerá fiel a nosotros y para ser perdonados sólo necesitamos arrepentirnos como lo hizo Pedro. En nuestras vidas de hoy, todavía hay tiempo para volver al Señor. Aunque nuestros pecados sean como la escarlata, Dios nunca vacila ni se cansa de perdonar, así que no dudemos ni nos cansemos de pedir perdón.
El Jueves Santo nos hace presente la acción de la Última Cena, cuando Jesús instituyó el sacerdocio y un nuevo sacrificio conmemorativo en la Euca-ristía. En lo que participamos es la re-presentación duradera de la muerte y resurrección de Cristo, el verdadero y definitivo Cordero de la Pascua, en una forma que nos permite participar en esa acción liberadora, transformadora y vivificante a través del pan y el vino convertidos en su Cuerpo y su Sangre.
Después de la Sagrada Comunión, el Santísimo Sacramento es llevado en procesión solemne a un lugar de reposo, el altar se desnuda, las luces se atenúan, y se observa silencio. Muchas personas deciden quedarse un rato y vigilar, aceptando la ferviente petición de Jesús: "Quédate aquí conmigo; vigila y ora", sabiendo que esta noche es diferente a todas las otras noches. Esta es la noche del comienzo de nuestra  redención ya que, en y por medio de la agonía del Señor en el jardín, su arresto, pasión, crucifixión y resurrección, el pueblo de Dios es llevado de la esclavitud del pecado y la muerte a la libertad en gracia y a una nueva vida eterna.
El Viernes Santo, el drama adquiere mayor intensidad a medida que la Iglesia experimenta el triste vacío y la frialdad de la muerte. No hay misa, sino una liturgia donde se lee la narración de la Pasión, y hay Adoración de la Cruz antes de la distribución de la Sagrada Comunión. Muchas personas también rezan los misterios dolorosos del Rosario y/o las Estaciones de la Cruz.
Este día somos testigos y participantes en el juicio de Jesús y la flagelación, condenación y crucifixión que sufrió por nuestro bien. Todos estos acontecimientos de nuestra salvación se hacen presentes de nuevo, en el contexto de nuestras propias vidas y en lo que hacemos por los demás. ¿Podemos vernos a nosotros mismos como María, ofreciendo comodidad  y consuelo a Jesús, como Simón de Cirene ayudándole a cargar la Cruz, o como Verónica limpiando su rostro? ¿Podemos a veces, sin embargo, desempeñar  también el papel de Pilatos lavando nuestras manos de la respon-sabilidad mientras hacemos lo que sabemos que es incorrecto? ¿O nos hemos apartado algunas  veces de nuestro Señor como la mayoría de sus Apóstoles lo hicieron?
La Buena Nueva de Jesucristo es que su misericordia amorosa es mayor que nuestros pecados. Sólo necesitamos dirigirnos a él, aunque sea en nuestros momentos finales como el "buen ladrón". Tenemos la garantía de Jesús de que estaremos con él en el paraíso. Por su propio ofrecimiento en la Cruz, Jesús nos muestra su ilimitado amor por el Padre y por nosotros.
Con la oscuridad cubriendo la tierra, Jesús murió realmente. Poner su cuerpo en la tumba debería haber sido el final de la historia. Pero no lo fue –la muerte no tendría la última palabra. Después del Sábado Santo, cuando el cuerpo de Cristo permanecía en silencio en la tumba, el mundo nunca sería el mismo.