La vida está llena de muchos momentos felices: bodas, graduaciones, vacaciones, nuevos nacimientos, bautizos, primeras comuniones y más. Sin embargo, sabemos que también pueden haber pruebas, tribulaciones y desilusiones. Los problemas médicos, la muerte de personas cercanas a nosotros, las dificultades financieras, los sueños no cumplidos, la violencia y otras cosas malas pueden acosarnos a todos. Incluso muchas personas con abundancia material y buena salud física luchan por encontrar un significado en sus vidas, llevándolos a sentimientos de vacío y desesperación.

Una de las grandes bendiciones de nuestra fe es que frente a todos estos desafíos inevitables en la experiencia humana, gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, no vivimos como aquellos que están sin esperanza (ver 1 Tesalonicenses 4,13). Tenemos nuestros problemas como los demás, y a veces podemos llorar: "Mi alma está alejada de la paz y ha olvidado la dicha". Sin embargo, las Escrituras agregan después "pero esto reflexiono en mi corazón y por ello esperaré. El amor de Yavé no se ha acabado, ni se han agotado sus misericordias; se renuevan cada mañana". (Lamentaciones 3,17, 21-23).

La esperanza cristiana es una de las virtudes teologales, junto con la fe y la caridad. Cada una de estas virtudes tiene su propia cualidad, aunque existe un vínculo esencial entre ellas (CIC 1812-13). Como lo explica San Pablo, "la fe es aferrarse a lo que se espera, es la certeza de cosas que no se pueden ver", (Hebreos 11, 1), y actúa mediante el amor (Gálatas 5,6). La esperanza puede ser identificada como la virtud que confía en las promesas y la gracia del Señor, y así “protege (a la persona) del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón a la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad" (CIC 1817-18).

El papa Benedicto XVI dedicó su segunda encíclica a la Esperanza que es nuestra salvación. Citando a San Pablo en su Carta a los Romanos (8,24), el santo padre señaló que, en virtud de nuestra confianza en que el Señor eterno es siempre amoroso, y que él nos cuida y nos apacienta en los buenos y malos tiempos, se nos da la confianza y la fortaleza para soportar nuestro viaje actual, incluso si es arduo. De hecho, agrega, "simplemente sobre la base de esa esperanza, en cierto sentido ya estamos salvados, ya saboreamos los frutos de la misericordia divina", de modo que "al que tiene esperanza se le ha dado una nueva vida" (Spe Salvi, 1, 2).

Jesús nos ofrece una esperanza genuina, una certeza del futuro como una realidad positiva más brillante. Esta esperanza es más que un pensamiento agradable y bastante diferente del mero optimismo: tiene poder real para sustentarnos, revitalizar vidas y ayudarnos a crecer en santidad. Esta fortaleza interna, explica el papa Francisco en su reciente exhortación a la santidad, "nos permite perseverar en medio de los altibajos de la vida, pero también soportar la hostilidad, la traición y las fallas de los demás. 'Si Dios está con nosotros, ¿quién está contra nosotros?' (Romanos 8,31): Esta es la fuente de la paz que se encuentra en los santos. Tal fortaleza interna nos permite, en nuestro mundo acelerado, ruidoso y agresivo, dar un testimonio de santidad a través de la paciencia y la constancia en hacer el bien" (Gaudete et Exsultate, 112).

Con tantos desafíos en nuestras vidas, cada uno de nosotros necesita esta confianza tranquila. Igualmente importante, la esperanza viva que proporciona consuelo en las aflicciones, transforma el miedo y da fortaleza, es un camino hacia la santidad, al dar testimonio de ello a los demás.

Darle a alguien una esperanza real, en lugar de uno de los muchos falsos ídolos en los que la gente pone su esperanza, es una de las mayores misericordias espirituales porque aleja a las personas del abismo mortal de la desesperación y la alienación, de la angustia nihilista de aceptar que no hay Dios y que la vida es inútil y sin sentido.

Si bien la política, la tecnología, la economía y las cosas materiales han contribuido al progreso humano y pueden facilitar un poco la vida cotidiana, ellas son fugaces. Estas "esperanzas" menores, explicó el papa Benedicto, "no son suficientes sin la gran esperanza, que debe superar a todo lo demás". Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abarca toda la realidad y que puede otorgarnos lo que nosotros, por nuestra cuenta, no podemos alcanzar" (Spe Salvi, 31).

La confiabilidad y plenitud de la esperanza cristiana misericordiosamente nos asegura a nosotros y a los demás que a alguien le importamos, que somos amados, que la vida vale la pena, que la adversidad, la injusticia, el engaño y la muerte no tendrán la última palabra, sino que tenemos la promesa segura de un reino celestial de luz, gozo y vida bendecida eternamente (Id., 10-12).

Uno experimenta la vida de manera diferente cuando se da cuenta de que "nuestro auxilio está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra" (Salmo 124: 8). Es una esperanza que no defrauda y nos impulsa hacia un futuro seguro. Como dijo el papa Francisco: "¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!" (Evangelii Gaudium, 278).

*(Esta columna fue publicada en El Pregonero en Junio de 2018)