Fieles participan activamente de los actos religiosos en Semana Santa. (Foto/Jaclyn Lippelmann)
Fieles participan activamente de los actos religiosos en Semana Santa. (Foto/Jaclyn Lippelmann)

Sin-sentido de la vida, vicios y evasiones, rupturas en la familia, abortos, inestabilidad económica personal y familiar, difícil acceso a las oportunidades sociales, imposibilidad de alcanzar ideales por falta de recursos económicos, estratificación social, desempleo, carencia de vivienda, imposibilidad de acceder a la educación, imposibilidad de acceder a los sistemas de salud social, vejez desprotegida por los sistemas de seguridad social, soledad, corrupción administrativa, política y gubernamental, inequidad e injusticia social, hambre, epidemias y pandemias, pésima calidad en la prestación de los servicios públicos, violencia, inseguridad social, delincuencia organizada, grandes masas migratorias, desplazados, guerras y guerrillas intestinas locales o entre naciones, grandes catástrofes naturales, son unos pocos elementos de un extenso elenco de males y conflictos personales, familiares y sociales que representan, en definitiva, mil formas de muerte o lo que se ha dado en llamar una CULTURA DE LA MUERTE.

Por estos días la Iglesia Católica celebra el acontecimiento fundante del cristianismo: la confesión de fe, según la cual, el Crucificado transformó la vida de unos primeros testigos, hombres y mujeres; transformación por la que estos llamados primeros cristianos lo proclamaron RESUCITADO y VIVIENTE en medio de ellos y a partir de su personal y comunitaria experiencia como hijos de Dios y hermanos todos los unos de los otros.

Es decir, durante dos mil años, desde aquellos primeros hombres y mujeres testigos del ministerio público de Jesús, de los conflictos que dicho ministerio le acarreó, de su proceso judicial y pasional y de la muerte en cruz, hasta hoy, los cristianos confiesan a al Crucificado Jesús de Nazaret Viviente en cada cristiano y en cada comunidad cristiana que vive la misma vida que Jesús mismo vivió y enseñó.

Dicha confesión de fe en el Crucificado Resucitado supone, al mismo tiempo, confesar que la definitiva y última palabra que Dios, el Padre, pronunció sobre la vida de Jesús de Nazaret, confesado el Hijo por los cristianos, no fue muerte y fracaso total de su proyecto sino VIDA y VIDA ABUNDANTE, (Cfr. Jn 10,10) vida eterna, vida plena, vida feliz.

Todo lo cual significa que la religión cristiana, en general, y cada creyente en Cristo, en particular tiene – como fundamento y principal confesión de su fe – la certeza religiosa y el compromiso a favor de la Vida y en contra de la muerte, en las mil formas en que ésta se presenta. Que toda la vida de Jesús de Nazaret, su Evangelio y la forma de relacionarnos con Dios (como hijos) y con los otros (como hermanos) que de esta vida y enseñanza se derivan, es decir, la religión (relación) cristiana son una propuesta-protesta a favor de la Vida y de la Vida abundante, y por tanto, podríamos decir, el fundamento programático-doctrinal y el estilo de vida (personal y comunitario) que aliente lo que podemos llamar una CULTURA DE LA VIDA (en contra de la ya mencionada “Cultura de la Muerte”).

Nuestra vida personal, familiar y social transcurre, ya quedó dicho, en medio de mil formas de muerte. Cada uno de nosotros, (personal y socialmente) padece carencias, extraña mejores condiciones de vida, tiene la esperanza de días mejores que suponen días de mayor justicia y equidad, días de mayor y más fácil acceso a las oportunidades sociales, tiempos de mayor solidaridad, libertad y fraternidad. Todos añoramos “el cielo nuevo en la tierra nueva”. Diríamos que esta es la esperanza que jalona nuestro presente y que motiva nuestro ser y quehacer cotidiano.

LA RESURRECCION DE CRISTO alienta esta esperanza porque alienta la necesidad de mejores sistemas de educación, de vivienda y de salud; mayores niveles de equidad y de justicia, mayor búsqueda del bien común en la administración de justicia y de los dineros públicos. La Resurrección de Cristo, también llamada, PASCUA (paso) CRISTIANA nos empuja a todos a comprometernos por un mundo mejor, más humano, más fraterno, más solidario, más vivible, más amable.

Esta CULTURA DE LA VIDA, que se funda en la experiencia y confesión de fe en un Dios Creador y de la Vida abundante en la Resurrección de Cristo y, por El, con El y en El, en nuestra propia Resurrección ha de manifestarse especialmente en las sociedades en las que mayoritariamente nos llamamos “cristianos”, aunque nuestra experiencia pública de fe la celebremos en congregaciones religiosas con distintas denominaciones.

Dicho de otra manera, las manifestaciones de la Cultura de la Muerte resultan contradictorias y escandalosas en sociedades donde mayoritariamente – como en nuestro caso – nos confesamos públicamente como “cristianos”. Porque dichas manifestaciones chocan y contradicen el proyecto fundamental de Dios en Cristo; su Resurrección que es abundancia de vida, en contra de la abundancia de muerte.

Si nuestra profesión de fe como “cristianos” la vivimos en medio de situaciones manifiestas de precariedad de vida para unos frente a la abundancia desigual de unos pocos; si mientras millones mal viven o sobre-viven mientras unas minorías nadan en la abundancia; si las decisiones gubernamentales no procuran el bien de todos y – con ello – vamos construyendo persecución, desigualdad, desunión, divisiones, discriminación e intolerancia; si – en fin – no logramos aún la construcción de un mundo más humano por lo fraterno y justo, entonces nuestra experiencia religiosa es falsa porque es hipócrita, porque la construcción que hacemos de nuestro entorno personal y social contradice los postulados, principios hy valores del Evangelio de la Vida de Jesucristo.

Pascua Cristiana, por la Resurrección de Cristo, es tiempo para que examinemos nuestros compromisos personales y familiares y nuestros frutos como sociedad norteamericana. Tiempo para que nos preguntemos si los frutos y valores con los que estamos diseñando la construcción de nuestra sociedad – poblada mayoritariamente por “cristianos” – corresponden coherente y auténticamente al proyecto y Cultura de la VIDA ABUNDANTE para todos que emana del Evangelio.

Entonces, concluyo aquí con una invitación: Que nuestras confesiones de fe “cristiana” y nuestro culto “cristiano” se manifiesten finalmente en instituciones, estructuras y relaciones sociales “cristianas” a favor de LA VIDA (en todas sus expresiones) y en contra de la muerte (en sus tantas formas). ¡FELICES PASCUAS!