El asesinato de otro afroamericano desarmado -George Floyd- por un oficial de policía la semana pasada desencadenó una ola de protestas y disturbios generalizados en todo el país y diversas capitales del mundo, muestra inequívoca de que el racismo es un ubicuo y letal virus que no puede ser visto con pasividad cómplice. Los acontecimientos, un "campanazo” a nuestra consciencia, deberían llamar la atención de todo el mundo porque la muerte de Floyd –como la calificó la Conferencia de Obispos Católicos- es un “brutal sin sentido, un pecado que clama al cielo por la justicia. ¿Cómo es posible que, en Estados Unidos, la vida de un hombre negro pueda ser arrebatada mientras éste clama por ayuda y su asesinato es filmado en el acto?” El video de George Floyd bajo custodia policial es desgarrador y profundamente perturbador. La tristeza y el dolor son intensos. Muchos jóvenes están cansados de ser vistos como si fueran peligrosos por ser negros, para ellos –y otras minorías- mostrar la otra mejilla no ha funcionado y sienten la imperativa y justa necesidad de hacer algo para terminar de una vez por todas con el virus del racismo. 

La ira e indignación que explotó en las calles coincide con una pandemia global que ha tomado más de 100.000 vidas a nivel nacional, incluyendo al menos 4.300 en Virginia, Maryland y el Distrito. Mas, esas protestas legítimas no deben ser explotadas por personas que tengan valores y agendas diferentes. Quemar y saquear comunidades, arruinando los medios de vida de nuestros vecinos, no promueve la causa de la igualdad racial y la dignidad humana. Este es un momento crucial para llamar a una reconciliación nacional para confrontar la historia racista de Estados Unidos, donde una gran mayoría no sabe lo que significa ser el “otro”, mas ello no debe ser óbice para no sumarse al diálogo de buscar una solución al “pecado original” que aqueja a nuestra nación. Mucho dependerá de la buena fe, sobre todo cuando dejemos de hablar de “mi” posición y empecemos a hablar de “nuestra” respuesta. Solo así podremos crear un sistema legal justo, oportunidades equitativas de educación y empleo, un acceso pleno a los servicios de salud y un sistema migratorio integral. Las leyes, per se, no resuelven problemas, pero si pueden crear un sistema en el que se castigue el racismo en todas sus formas.

La oportunidad de cambio presentada por la pandemia desnudó una nueva realidad: ya no podremos hacer lo qué hemos estado haciendo y cómo lo hemos estado haciendo. Todo será diferente y tiene que ser diferente, caso contrario –como dice el papa Francisco-, todo el sufrimiento habrá sido inútil si no construimos juntos una sociedad más justa, más equitativa, más cristiana, no de nombre, sino real, una realidad que nos lleve a un comportamiento cristiano. Si no trabajamos para poner fin a la pandemia de la pobreza en el mundo, en nuestro país, en la ciudad donde vive cada uno de nosotros, todo habrá sido en vano. Tenemos, pues, ante nosotros el deber de construir una nueva realidad. 

La idea equivocada de que algunos se sienten con derecho de excluir a otras personas o se creen dueños del país, no solo conduce a una terrible falta de respeto, sino también a la pobreza y en muchos casos a la violencia, como es el caso del racismo, un pecado muy profundo no sólo en nuestras almas personales, sino en el alma de nuestro país. Lo que los afroamericanos –y otras comunidades- piden es igualdad de trato ante la ley. Libertad y justicia para todos. Esta es la hora de salir de nuestras zonas de confort y encontrarnos a medio camino para caminar juntos por la justicia y la paz, porque no puede haber paz sin justicia. Y para lograr esos objetivos se necesita mucha humildad y generosidad para arribar a una verdadera reconciliación.