Como una noria, año tras año, nos llega septiembre, mes en el que  celebramos la Herencia Hispana -decretado por el gobierno de Estados Unidos- y, también como una noria y año tras año, nos regocijamos con dicha celebración como reconocimiento a la presencia de los hispanos y de lo hispano en esta nación.

Y merecemos que se reconozca nuestra presencia en esta sociedad y las contribuciones que con nuestra vida y trabajo cotidiano y por décadas hemos hecho a la construcción de esta gran nación. Y está muy bien que celebremos, que festejemos, que hagamos desfiles y comparsas, que mostremos nuestros trajes típicos y nuestra alegría, que exhibamos nuestras costumbres y tradiciones y nuestro alborozo. Pero esta ocasión anual tan importante no puede quedarse sólo en manifestaciones externas. Son muchos los problemas que la humanidad afronta, muchos y muy graves los problemas en los que nuestras naciones de origen se debaten, y muchos y también muy graves los problemas que los hispanos enfrentamos en esta coyuntura histórica y política de esta nación como para desperdiciar la oportunidad de este reconocimiento oficial y nacional a nuestra herencia en esta nación prestándonos al juego vano de las exterioridades simplistas.

Los hispanos en esta nación hemos de ser más serios y profundos, menos superficiales, más reflexivos y comprometidos con nuestro presente y nuestro futuro próximo en Estados Unidos.

La participación de los hispanos en los procesos electorales se ha incrementado de manera significativa en la última década. Muchos se han hecho ciudadanos para poder ejercer su derecho al voto. Foto/ CNS

Asomo aquí, en estas líneas, algunos de los problemas que deberíamos tomar con seriedad, que deberíamos afrontar con unión y decisión, temas en los que deberíamos detenernos con reflexión y acción para lograr, aquí y ahora, que nuestra presencia no sea sólo física y simbólica sino presencia fuerte y decisiva. Para que nuestra presencia y herencia en Estados Unidos no se recuerde sólo un mes al año, sino que sea presencia y herencia respetable y respetada, fuerte, unida, solidaria y contundente para la cosecha de nuestras mejores aspiraciones, para la comunidad actual, para los hispanos que vendrán y para las futuras generaciones de hispanos en Estados Unidos.

El relato ancestral de nuestros orígenes hispanos cuenta que procedemos de la “raza cósmica” de Vasconcelos. Que llevamos en la sangre la alquimia de las sangres de la humanidad entera. Que somos, todo al tiempo: negros y blancos, aborígenes e indo-europeos, asiáticos y moros. Somos ecuménicos y católicos en el sentido más literal de las palabras: somos universales. En nuestra mente y corazón caben todos los colores, las formas, las expresiones y las culturas. Porque somos así, cósmicos, no caben en nuestra mente y corazón las posturas ideológicas, sociales y políticas racistas y discriminatorias. No caben en nuestro modo de ser y hacer el mundo, ni los muros ni las divisiones, no caben ni las separaciones ni las segregaciones. No discriminamos a nadie pero tampoco podemos permitir ser discriminados, divididos, separados, rotulados.

Padre de familia y su menor hijo participan de una celebración religiosa en honor a la Virgen de Guadalupe. Fotos/CNS

Entonces, apelo a la conciencia de la comunidad hispana para que, repito, además de nuestras anuales manifestaciones carnestolendas nos enfoquemos en combatir con hechos y palabras, con votos y leyes, las posturas y prejuicios anti-inmigrantes que hoy padecemos y que sumen a millones de nuestros hermanos y familias hispanas en un sinfín de situaciones que producen enorme sufrimiento.

El comunismo, las guerrillas, las revoluciones internas no son, aquí y ahora, nuestra amenaza. Nuestros problemas reales, nuestras reales amenazas proceden –entre otros temas y problemas que sería extenso mencionar y argumentar sobre ellos- de la enorme y sin medida corrupción administrativa y política que junto al narcotráfico corroe los cimientos de nuestras naciones de origen y que, como despiadada e inmediata consecuencia, origina mil formas de violencia y muerte, empobrece a millones de latinoamericanos y los obliga a emigrar hacia esta nación, entre otros destinos, en búsqueda de mejores condiciones de vida.

La solución de todo lo anterior y los logros que urgentemente requerimos para nuestra herencia y presencia en esta nación exige, en consecuencia, un liderazgo hispano aquí y en nuestras patrias de origen, inteligente y honesto, un liderazgo serio y combativo, generoso y altruista, formado y comprometido con las mejores esperanzas de los latinoamericanos y de los hispanos residentes en esta nación.

Necesitamos con urgencia líderes que se sintonicen con los hispanos y con lo hispano, formados, inteligentes y conocedores del funcionamiento de esta sociedad norteamericana y de nuestras raíces histórico sociales. Capaces de sintonizar con lo norteamericano y con las necesidades y el bien común al que aspiran los hispanos residentes en esta nación. Necesitamos con urgencia líderes que sean capaces de conocer y sintonizarse con nuestras frustraciones y anhelos, con nuestras rabias y nuestros valores, con lo mejor de nuestra herencia y lo mejor de esta sociedad norteamericana. Líderes capaces de defender nuestra integración a esta sociedad por encima y en contra de cualquier forma de sumisión, entreguismo o asimilación. Líderes, en fin, combativos para lograr relaciones políticas y diplomáticas más justas, equitativas y respetuosas de esta nación con nuestras naciones de origen y con nuestra presencia y herencia hispana en Estados Unidos de Norteamérica.

¡Tenemos mucho que pensar y repensar en estas fechas anuales de nuestra herencia hispana! ¡Es mucho lo que hemos hecho, construido y logrado, pero mucho más lo que nos falta por construir y lograr!