Un sentimiento tribal parece haberse apoderado de la nación y el miedo al otro ha envenenado nuestros corazones, ignorando que todos respiramos el mismo aire. La raíz del odio es el miedo. En ese ambiente, la esperanza se yergue como el antídoto para ese miedo que nos compele a hacer cosas terribles como deshumanizar al inmigrante, seres humanos a quienes debemos dar la bienvenida y aceptar la diversidad. El mundo es y ha sido siempre diverso, de allí la importancia de aceptar y promover una ‘cultura de encuentro’ porque hablando se entiende la gente, amén de que esa cultura de encuentro es una tácita exhortación a ser pacificadores que es una manera de cultivar una sana vida espiritual.

Necesitamos dialogar para identificar puntos de encuentro que coadyuven a promover la unidad que es, en suma, una tarea de liderazgo. Dar la bienvenida a nuestros semejantes no solo significa ser solidario con el otro, sino que también implica un reconocimiento de su dignidad humana, de sus talentos. Vivimos en un ambiente de crudo materialismo donde la falta de paciencia para escuchar al otro es el pan nuestro de cada día, caldo de cultivo de una creciente polarización exacerbado por un proceso constante de cambios que hacen aún más difícil escuchar al otro. Paradójicamente, gracias a lo que se llama ‘social media’ hoy estamos más conectados y más polarizados que nunca.

Razón de más para no subestimar el miedo que algunos siembran con intenciones lucrativas. Muchos hacen dinero vendiendo miedo. En nuestra nación hay quienes directa y subrepticiamente incitan a la gente a tener miedo del otro. Hay gente que está haciendo mucho dinero separando familias. La deshumanización de los más vulnerables –cuando se minimiza la muerte de un inmigrante o se criminaliza al indocumentado– es uno de los costos más caros.  

Los inmigrantes que buscan asilo o refugio pasan un sin fin de sufrimientos para reunirse con sus familias. Ejercitar el ver, juzgar y actuar hará que nos sea más fácil entender la realidad, sobre todo para vencer el miedo y poder ver la realidad del ‘otro’. Hacer que la gente se reúna a pesar de sus diferencias para vencer el miedo. Cuando dos personas se reúnen y hablan se entienden, se encuentran para descubrir que muchos a pesar de sus diferencias tienen mucho en común. Pensemos qué se puede hacer o qué podemos hacer, cómo mantener nuestros principios sin llegar a la polarización. En caso contrario, habremos perdido la habilidad de respetar a la otra persona toda vez que es destructivo ver al ‘otro’ como sospechoso.

La interrogante sobre la moralidad del muro tiene mucho que ver no solo con nuestra responsabilidad por los inmigrantes, sino también para con los contribuyentes. La cultura de la indiferencia debe ser contenida con la cultura de la solidaridad. En ese contexto, el diálogo es algo que tenemos que aprender, escuchando con atención para crear puentes sobre la base de la economía de las palabras. Aprendemos de la historia si nos proponemos ‘leer’ o ‘escuchar’ con la suficiente diligencia que nos permita una introspectiva reflexión. En ese sentido, la historia como los textos antiguos tienen una extraordinaria inmediatez. El énfasis en la imagen del ’otro’ no es nada nuevo. Mas, cómo inyectar justicia en el ambiente enrarecido de hoy: empoderando a las personas locales, a nuestros feligreses, a nuestros jóvenes para luego hacernos eco en una audiencia más amplia. Pero, antes tenemos que reclamar nuestra historia local, reclamar un lugar en nuestra comunidad empezando por confiar unos en otros. Tengamos presente que la gente desea actuar cuando hay una visión clara de lo que se quiere.