En medio de la Cuaresma, vienen las dos grandes solemnidades de la fe y el poder del amor. El 25 de marzo observamos la Anunciación a la Santísima Virgen, a quien el ángel no se refiere como "María", sino que la llama "Llena de Gracia", como si ese fuera su nombre (Lucas 1,28). El 19 de marzo, unos días antes, se reserva para nuestra contemplación de San José.

María y José siempre nos señalan hacia Jesús. Al mismo tiempo, nos señalan también hacia nosotros mismos. O, más exactamente, nos señalan hacia las personas que Dios nos creó para ser, las personas que debemos esforzarnos por ser.

En el ‘fiat’ de María, cuando se anuncia que ella será la madre del Altísimo (Lucas 1,32), ella también se llama a sí misma "la esclava del Señor" y le entrega la totalidad de su ser a Dios –su mente, su alma, sus sueños futuros y su cuerpo– exhibiendo la convicción y la fe en Dios a la que todos debemos aspirar. Y al confiarse tan radicalmente al Señor no se perdió a sí misma, como podríamos temer nosotros al pensar en renunciar al control de nuestras vidas. Más bien, ella se hizo más grande. Y lo que es más, no solo la Virgen es bendecida porque ella creyó (Lucas 1,45), todos hemos recibido la bendición de la salvación en Cristo.

La fe de José es igualmente instructiva. De hecho, elegido también por Dios para su papel en la historia de la salvación, se podría argumentar que el "Sí" de José a Dios fue un acto de fe mayor que el "Sí" de María en la Anunciación. Después de todo, ella sabía con certeza que estaba embarazada por el poder del Espíritu Santo. Pero cuando su prometida le reveló a José que ella estaba embarazada, todas las pruebas mundanas que él tenía apuntaban a que ella era infiel. Pero José sabía también que esa infidelidad y esa mentira estaban totalmente en contra del carácter de María, y él sabía que la amaba.

Luego, cuando el ángel lo visitó en un sueño, José fácilmente pudo haber creído que se trataba de su imaginación. Pero no lo desechó. A pesar de las buenas razones para dudar, José depositó su confianza en María y su fe en Dios. Razonó con su corazón, más que con su cabeza. En lugar de exigir pruebas, en lugar de poner a prueba a Dios, sin tener ninguna evidencia, incluso contra la evidencia mundana, José hizo un acto supremo de fe. José actuó por amor.

Además de ser modelos de fe, María y José son también modelos supremos de amor: del amor verdadero. No el "amor" fingido, de meros sentimientos y emociones que vienen y se van, de  simplemente hacerte feliz y satisfacer tus propias necesidades y deseos, sino el amor verdadero y perfecto de decidir conscientemente vaciarte de ti mismo y entregarte como regalo para el bien de los demás. El amor conyugal de José por María, y el amor conyugal de María por José, se completó aún más con su plenitud de amor por Dios, y fue en ese amor que su matrimonio virginal fue el más fructífero que el mundo haya visto.

Hay un poder en el amor, un poder real. Hay un poder en el Amor que es Dios, y hay un poder en el amor humano cuando amamos con Él y en Él. Es el poder de la creación, el poder de la nueva vida.

Fue por el Amor del Señor que nació el universo mismo. Es por la fecundidad del amor que Jesús transforma la muerte en la Cruz en la nueva creación de la vida eterna. Y fue por el Espíritu de Amor unido con el amor de María y José que una virgen pudo ser madre y nació para nosotros un Salvador, en Jesús.

Al igual que con María y José, Dios viene a cada uno de nosotros y nos pide que, a nuestra manera, llevemos a Jesús a nuestros corazones, a nuestros brazos, a nuestro propio ser. El Señor se confía a nosotros cuando nos pide que nosotros nos confiemos a él. Y a través de nuestro propio amor fructífero, unido con el Señor, nosotros podemos también, a nuestra manera, traer "nueva vida" al mundo, podemos ayudar también a hacer un mundo mejor, una nueva creación.