Si alguna vez has estado en un funeral o has tenido la terrible experiencia de ver morir a un ser querido, ya sabes lo inquietante que es la muerte. No es en absoluto como si una persona estuviera durmiendo, hay, en cambio, una quietud absoluta. Así que algunas personas responden a la pregunta de la muerte diciendo que todo termina en vacío, ya que la persona simplemente deja de ser y su cuerpo sufre corrupción en la tumba.

Ahora, imagine que más tarde ve al difunto caminando, comiendo y hablando, completamente vivo. Para muchos, una persona muerta que vuelve a la vida es incomprensible, algo que ni siquiera podrían empezar a imaginar. El muerto está muerto. Pero ¿y si realmente podría pasar? ¿Y si nuestra existencia no tuviera que terminar en nada y dolor?

Por supuesto, alguien ya se ha levantado de entre los muertos. Aún más, nos ofrece también una nueva vida. Su nombre es Jesús.

El libro del Génesis revela cómo los primeros humanos, al traer el pecado al mundo, pensaron que podían elegir su propia verdad y ser autosuficientes, sin necesidad de Dios. Pensaron que ellos podían ser como los dioses mismos. En consecuencia, se creó una amplia brecha de separación entre Dios y la humanidad, una separación tan grande que somos incapaces de cruzarla completamente por nuestra propia cuenta.

Este deseo de vivir a nuestra manera y no con Dios está también en la raíz de nuestros propios pecados hoy. Y por ello, nosotros también nos separamos de Dios, y por lo tanto nos separamos de la vida. Es decir, entramos en la muerte porque el Señor es la Vida en el sentido más completo y real, y nosotros no podemos vivir separados de él.

Sin embargo, el Señor "no es Dios de muertos, sino de vivos" (Lucas 20,38). "Dios no hizo la muerte, y no le gusta que se pierdan los vivos. Él creó todas las cosas para que existan" (Sabiduría 1, 13-14).

Dios no nos hizo a nosotros y al mundo solo para que todo termine en el olvido. Él nos hizo para la vida. Y va a hacer todo lo que pueda en su divina misericordia para que podamos tener vida, vida real. No la "vida" de fatiga y de pasar la mayor parte de nuestras horas en el trabajo o en el tráfico y la enfermedad y la decepción, sino la verdadera vida que está destinada para nosotros. El Señor hará todo lo posible para reconciliarnos con él para que podamos tener esa vida, es decir, para terminar con la separación que resulta del pecado y reunir a Dios y su creación humana que él llama sus hijos.

Esa fue toda la razón de los convenios del Señor en la historia de la salvación. Esa es toda la razón por la que Jesús vino entre nosotros y tomó nuestros pecados sobre sí mismo en la Cruz, para que al vencer a la muerte y resucitar de entre los muertos, nosotros también podamos tener vida eterna con Dios en nuestra propia resurrección.

A pesar de lo que podamos pensar en nuestra experiencia del día a día, este no es nuestro destino final. Estamos, como se dice a menudo, en un viaje. Nuestra vida en esta tierra no es el "ser todo y terminar todo", sino una preparación para la vida eterna con Dios. A través del amor de Cristo en la cruz, por su continua resurrección, "él hace que todas las cosas sean nuevas" (Apocalipsis 21,5).

Por muy imperfectos que podamos ser, todos somos amados incondicionalmente, todos y cada uno de nosotros. Por fe, entendemos que es por el poder creativo del amor que Dios creó el universo. Es el amor el que nos sostiene, el amor el que nos sana, el amor el que nos salva, el amor el que nos da vida.

El amor pasa por la eternidad. Y es en el poder transformador del amor que nos convertimos en una nueva creación después de que nuestro viaje por el mundo haya seguido su curso. En esta vida resucitada no estaremos atrapados en nuestros actuales cuerpos limitados y rotos, sino que tendremos nuevos cuerpos glorificados en la Resurrección de Cristo. También será "como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad." (Spe Salvi, 12).

Pero no es solo el amor de Dios, también es y debe ser nuestro amor. Es decir, nuestro amor a Dios y, por lo tanto, del uno hacia el otro, que acepta la salvación y la reunión con el Señor que Jesús nos ofrece.

A menudo, las personas piensan que recibir este regalo de nuestra propia resurrección a una nueva vida requiere mucho trabajo duro y oneroso, y seguir muchas reglas. Pero en realidad es bastante simple y justo. Dios no se deleita en la muerte y en su amor quiere que vivamos. Todo lo que se necesita es cooperar con él, estar abierto a ese amor y verdad y a lo que es verdaderamente bueno. Todo lo que requiere es que seamos la persona que estamos destinados a ser con la gracia de Dios. El amor es más fuerte que la muerte.