En momentos de gran incertidumbre que viven los inmigrantes, el arzobispo de Washington, Wilton Gregory, recordó que Estados Unidos es un país de inmigrantes: “Hemos sido siempre una nación de inmigrantes y algunos de nosotros todavía seguimos luchando para ser parte del tejido social de nuestra nación”.

“Esa es nuestra herencia, nuestro patrimonio, y negarlo sería negar quiénes somos como estadounidenses”, agregó monseñor Gregory en una entrevista concedida a los periódicos arquidiocesanos El Pregonero y el Catholic Standard, días previos a su instalación como el séptimo arzobispo de Washington.

Al nativismo la llamó por su nombre, por lo que es: racismo, una violación de nuestra historia nacional y nuestra herencia católica. A los católicos nietos o bisnietos de inmigrantes europeos les invitó a reflexionar sobre las razones por las que sus ancestros emigraron, quienes huyeron de la pobreza, debido a la opresión o por el deseo de mejorar.

Ellos tienen que estar en contacto con lo que sus antepasados trajeron aquí, y no pueden conciliar esa experiencia odiando u oprimiendo a las personas que han llegado a esta nación por las mismas razones que sus antepasados quienes en última instancia se convirtieron en grandes contribuyentes del tejido social americano.

A los jóvenes les pide que no pierdan su entusiasmo juvenil -que es lo que el papa Francisco pide a la juventud cuando les dice que “hagan ruido”-, que no pierdan o pongan en peligro sus sueños. “Quiero que los niños sueñen en grande, que nuestros jóvenes digan hay mundos que puedo conquistar y mejorar, que mantengan el entusiasmo juvenil que les permita pensar que pueden ser científicos, artistas, poetas o personas dedicadas al servicio público”.

En horas aciagas -indicó- debemos ser honestos con los jóvenes y prepararlos para enfrentarse a la realidad y cómo adultos decirles: “Estamos aquí, no estás solo en la lucha, tienes a la iglesia que te apoya. En la comunidad hispana, afortunadamente, todavía hay una gran afinidad a su herencia hispana, que incluye la tradición de la fe que es lo que la distingue. Qué no se pierda eso porque esa es la levadura que necesita la Iglesia”.

De muchas maneras –afirmó-, la presencia y el entusiasmo de los jóvenes pueden ser el antídoto para la desesperación que esta nación enfrenta.

En momentos en que inicia una nueva etapa en su vida como arzobispo de Washington, monseñor Gregory dice que siempre ha encontrado, en cada uno de los lugares que sirvió, nuevos desafíos que le han permitido conocer a la gente, su historia, su patrimonio.

Uno de sus grandes desafíos será dejar de decir: “En Atlanta lo hacemos de esta manera. No estoy en Atlanta y tengo que permitir que la gente me revele su patrimonio, sus esperanzas, sus sueños y lo que hacemos en Washington” Otro desafío será encontrar “las cosas viejas y cosas nuevas” porque “el que se muda sabe que no encontrará nada en los primeros cuatro o cinco meses”.

Monseñor Gregory creció en Chicago, en un hogar con una madre soltera que trabajaba. Ambos tuvieron la fortuna de haber tenido en sus vidas la gran influencia de su abuela Etta Mae: “Una increíble mujer sureña de Oxford, Mississippi, con una gran fe, sabiduría, alegría y disciplina”.

Ya en la adolescencia conoció a su padre, un técnico en computación, en quien, como en su madre, vio altos estándares de profesionalismo. Esas dos experiencias fueron parte de su formación que le dieron una sólida base.

Sus mayores bendiciones, como sacerdote, han sido el encuentro con las personas que le han sido confiadas a su cuidado. Esas experiencias, cada una diferente y fundamental en su vida, le han ayudado a entender que hay una gran coincidencia que nos une: “Todos luchamos por salir adelante, estemos en una comunidad afluente de blancos o en una empobrecida comunidad negra”.

Para él, una de las grandes gracias que Dios le concedió fueron sus diez años con el cardenal Joseph Bernardin, arzobispo de Chicago: un gran ejemplo de equilibrio y de la capacidad de identificarse con la gente. “Él, que nunca perdió el sentido común, tenía una gran capacidad para conciliar opiniones muy divergentes, a un nivel de caridad y de alegría que permanecieron conmigo como un gran ejemplo”.

La crisis de abuso de menores estalló cuando dirigía la Conferencia Episcopal (2001) que es cuando se adoptó el Decreto de Dallas para la protección de menores.  De esa experiencia aprendió que “tenemos que ser honestos con nuestra gente y que cuando hablamos sobre el abuso de un niño es imposible explicarlo de otra manera que no sea reconocer que es un crimen y que es totalmente inaceptable”.

Aprendió, también, que solo se puede entender ese problema hablando con las personas que han sufrido esa terrible tragedia -víctimas o sobrevivientes que han soportado esa herida por muchos, muchos años- o las familias de los que fueron heridos.

“Es algo que no puede explicarse en un libro teológico. Es algo que sólo puede ser plenamente comprendido conversando con aquellos que lo han vivido.”

Esa crisis golpeó, el año pasado, de manera particular a la Arquidiócesis de Washington: uno de sus arzobispos renunció al Colegio de Cardenales y luego fue secularizado, la revelación del gran jurado de Pennsylvania y el informe del fiscal general y las cartas del arzobispo Viganò sugiriendo hechos conocidos e ignorados. Cada uno de esos hechos alimentó la ansiedad, la ira y la frustración.

A la gente, clero y religiosos de la Arquidiócesis de Washington le gustaría sugerir que su profundidad espiritual y su salud son más fuertes que el momento de la vergüenza, decepción y enojo. Les invitaría a buscar en sus corazones sus propios legados donde encontrarán la fe, la Iglesia, la educación, la formación religiosa y a decir que no todo está perdido, que hay esperanza. El que es capturado por su historia niega su mañana.

Esa esperanza la encontramos en el ejemplo del clero valiente que ha servido y continúa sirviendo –precisó-. Quiero ayudarles a elevar sus corazones porque han sido avergonzados, han sido escandalizados, se han enfadado porque el liderazgo -en quienes han buscado orientación y apoyo- les ha fallado creando divisiones entre los que están en las trincheras.

En Washington, monseñor Gregory dice que espera poder tener la sabiduría y la prudencia de encontrar espacio en su vida, en su corazón y su ministerio para los nuevos tesoros que encontrará, como ha sucedido en cada una de sus asignaciones anteriores desde Chicago a Bellville, pasando de un entorno urbano a uno rural.

Washington, ciudad capital a la que solía venir con regularidad cuando era presidente de la Conferencia Episcopal, dice que es una ciudad inmersa en la historia de nuestra nación, no es la única fuente, mas aquí la historia se galvaniza en las instituciones y los monumentos: un tesoro único.

Al arzobispo Gregory le encanta jugar al golf, aun cuando dice ser un terrible golfista. Es, además, un ávido observador de aves y le encanta ver la naturaleza.

Una de las cosas que piensa hacer en Washington con cierta intensidad es ir a cuantas parroquias, instituciones y escuelas pueda. Porque –precisó- nunca se conocen a las personas hasta que se visitan, se ora con ellas y se les escucha.

Ejemplos que mueven

Hablando de ejemplos, dijo que su primera introducción al catolicismo se debió a su abuela Etta Mae quien, a principios del siglo pasado, migró del sur de Mississippi con su hermana y su bisabuela a Milwaukee y estudiaron en San Benito el Moro, un colegio interno católico en Milwaukee, uno de los pocos lugares que acogían niños negros en un internado católico.

Su abuela y su tía abuela fueron bautizadas y confirmadas en San Benito el Moro. Al terminar la escuela se mudaron a Chicago, donde no practicaban la fe porque no era una experiencia arraigada. Cuando Gregory se convirtió en obispo solicitó a la Arquidiócesis de Milwaukee las copias de sus certificados de bautismo y confirmación.

“Ellas siempre hablaron positivamente del catolicismo, y aun cuando no pertenecían a una parroquia y no iban a la misa dominical, estaban orgullosas y muy conscientes de que eran católicas. Por eso, cuando se presentó la oportunidad de matricular a mis dos hermanas y a mí en una escuela católica, mi abuela se entusiasmó mucho. Esa fue su contribución, junto con el buen ejemplo que nos dio en casa.”

Otros ejemplos los tuvo en la escuela católica de Saint Carthage, donde las hermanas Dominicas de Adrian eran las maestras. Monseñor John Hayes (párroco) y el padre Gerry Weber (vicario parroquial) fueron dos de “las personas más buenas” que conoció y le dejaron una gran impresión siendo un niño de 11 años.

En el otoño de 1958, año en que ingresó a la escuela, “fueron días ‘pesados’ estar en una escuela católica”. Ese año murió Pío XII y eligieron papa a Juan XXIII, unas semanas antes, el cardenal Albert Myer había sido nombrado arzobispo. Entonces pasaron cosas maravillosas que despertaron la imaginación de un niño.

Fue así que a las siete semanas de estar en una escuela católica, decidió que sería sacerdote. Le dijo a John Hayes: “Voy a ser sacerdote”. La respuesta de Hayes fue clásica: “Sabes Wilton, sería de mucha ayuda si fueras católico”.  Acto seguido, comenzó a tomar la formación catequética con él.

“Mi madre, mi abuela y mi padre -como la mayoría de los padres que son mucho más sabios que sus hijos- sabían que el lunes sería sacerdote, el martes bombero o el miércoles un jugador de fútbol. No me tomaron en serio, pero me apoyaron, quizá diciendo que es algo bueno que él tenga sueños y es bueno para él tener buenos ejemplos y permitieron que eso sucediera.”

En la Vigilia Pascual de 1959, el niño Wilton Gregory fue bautizado, hizo su primera comunión y confirmado el Jueves de Ascensión en 1959. Terminó la escuela, pasó el examen para ir al seminario Quigley. El resto es historia.

Sobre el V Encuentro de Pastoral Hispana 2018, monseñor Gregory, quien participó en el Encuentro, dijo que ese fue “un momento extraordinario en la vida de la Iglesia”, no sólo para la iglesia hispana, sino para toda la iglesia, dejando en claro –en su opinión- que ya contamos con líderes hispanos. Mas, se necesita invitarles a que sean la vanguardia para que den sus dones y talentos al corazón de la Iglesia.

Estamos intentando –explicó- hacer la transición de tener una iglesia comunitaria hispana sentada junto a una iglesia comunitaria anglo, con la experiencia de tener liderazgo hispano que se convierta en fermento que unifique lo mejor de toda la Iglesia. No sólo por los números, sino por la experiencia de liderazgo, fe, tradición, prácticas religiosas, entusiasmo juvenil.

Sobre la educación, señaló que el desafío es hacer que nuestras escuelas católicas sean más accesibles y más atractivas para nuestros jóvenes de las familias hispanas, quienes tienen que superar la experiencia, que trajeron de sus países de origen, de que la educación católica es para ricos. En Estados Unidos, al menos históricamente, una de las cosas que ha hecho a nuestras escuelas católica tan exitosas es que allí, también, se educan los hijos de los pobres y de la gente de trabajadora.

Nuestras familias hispanas –explicó- necesitan saber que hay un lugar para sus hijos y que es posible, con los diversos paquetes financieros disponibles, que sus hijos pueden inscribirse en nuestras escuelas católicas. Tenemos que decirles que lo que hicieron las escuelas católicas por generaciones anteriores fue tan exitoso que ahora queremos lo mismo para los niños de las comunidades de inmigrantes, quienes pueden ser grandes contribuyentes.

De otro lado, la historia misma de la ciudad de Washington -una revelación histórica actual- ha añadido a su monumental presencia el monumento al Dr. Martin Luther King, Jr., el Museo de la Herencia Africana del Smithsonian, lo que significa que estamos llegando, a veces muy lentamente, a una conciencia de que nuestra identidad como pueblo es una conciencia en vías de desarrollo.

Tenemos el monumento del presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) sentado en una silla de ruedas –señaló como ejemplo-. Muchos no sabían que era un hombre que tenía una discapacidad física. Ese monumento dice que las personas con discapacidades físicas pueden hacer contribuciones extraordinarias a la vida de esta nación. Mas, tomó un tiempo, como nación, darnos cuenta de esa realidad y es algo con lo que todavía seguimos luchando.

A nuestros niños hispanos debemos decirles: “Tú eres parte de la generación que ayudará a desarrollar un mayor sentido de quiénes somos como pueblo, con toda nuestra variedad y nuestras experiencias. No te rindas. Todavía estamos convirtiéndonos en lo que Dios quiere que nos convirtamos”.

Hablando de la comunidad hispana dijo que es una comunidad que alberga en su seno ‘muchas comunidades hispanas”, razón por la que tiene que abrirse a esa gran diversidad que representa la comunidad hispana. Cada una de esas comunidades tienen tesoros que les pertenecen como pueblo y que son parte de su herencia y su cultura.

Nos centramos mucho en los jóvenes porque obviamente son un tesoro especial –reflexionó-. Mas, lo son también las personas mayores, la primera generación de inmigrantes quienes trajeron consigo un legado de fe y un gran deseo que los trajo a esta nación, y no quiero perder esa herencia tan preciosa que trajo la primera generación.

Tenemos que destacar a los inmigrantes de primera generación, porque en sus corazones y en sus espíritus tienen cosas que son demasiado preciosas para olvidar, reiteró.