Dios nos creó con la destreza del desplazamiento, por eso nos dotó de extremidades inferiores y superiores para poder dirigirnos de un punto ‘A’ a un punto ‘B’ y en ese constante ejercicio pudiéramos, a la vez, transformar y cuidar la naturaleza a nosotros confiada. En cierta forma esto enriquece el concepto de libertad que ha sido uno de los mayores dones que Dios ha depositado en las manos de su criatura. Hombres y mujeres fuimos creados por Dios en un acto de amor y nos creó a su imagen y semejanza. 

Desafortunadamente, en ese cuadro de perfección entró el mal que hizo presente el pecado en las acciones de nuestros primeros padres Adán y Eva. Consecuentemente viene el éxodo o el exilio del jardín del Edén, un trauma, que no está contemplado en el cuadro de la creación original. 

La interpretación sagrada del exilio es algo que se concibe como un signo de castigo, evidentemente desde los primeros pasos del exilio, el sufrimiento y la angustia sobrevienen a la existencia de la humanidad. Por eso aunque no fue voluntad del Creador, desafortunadamente en muchos casos, el caminar del inmigrante es el resultado de la presencia del mal, que a imagen del desplazamiento de nuestros primeros padres, o más tarde del éxodo y a lo largo de la historia el exilio de Israel, son momentos de gran dificultad y purificación en la presencia de Dios. 

¿Por qué razón hoy en el 2020 las cifras de inmigrantes continúan creciendo desproporcionadamente alrededor de todo el mundo? Porque el mal y el pecado se apodera de nuestros países y sociedades, forzando a un desplazamiento humano no querido ni creado por Dios, sino que es directamente la consecuencia del pecado de la humanidad. 

Ante este drama humano es necesario responder tratando de repararlo. La oración solidifica la solidaridad y la generosidad, pero ante todo nos dirige en amor a apelar a la misericordia de Dios. Que nunca nos deja o abandona en momentos de tribulación o necesidad. 

En dos semanas comenzaremos el tiempo litúrgico de la Santa Cuaresma, tiempo de oración penitencia, ayuno y abstinencia. Qué tantos hermanos y hermanas que viven en incertidumbre constante -muchos de ellos presentes en nuestras propias comunidades de fe- puedan compartir con nosotros la oración y la solidaridad en el encuentro con Jesús. Una Cuaresma intensamente vivida nos purifica de nuestro pecado pero también nos lleva a un compromiso grande y generoso con aquellas personas que Dios pone por su voluntad divina en nuestro camino. Esforcémonos por tener una Cuaresma compartida y celebrada en comunidad. 

Dios bendiga a quienes hoy caminan en busca de un futuro mejor para sus seres queridos.