Ya he visitado más de 40 de nuestras parroquias y escuelas en estos primeros cuatro meses de mi servicio como arzobispo de Washington. ¡Todavía me quedan más de 100 por visitar! Cada encuentro que he tenido me ha parecido una oportunidad llena de gracia para orar y charlar con ustedes y llegar a reconocer sus características especiales. Algunas son parroquias de ciudades pequeñas, otras de grandes zonas urbanas. Algunas utilizan el español como su idioma principal de oración y comunicación, otras tienen coros de música góspel muy animados y todas forman parte de la trama de esta Iglesia local. Cada una de nuestras comunidades es un componente importante de nuestra identidad católica.

Hace unas semanas tuve una visita muy conmovedora y maravillosa a la parroquia de San Francisco de Asís para Sordos, visita que fue para mí un recordatorio importante de la presencia y la bendición que representa esta comunidad de personas, que suelen necesitar pequeñas modificaciones para su participación en la vida de la parroquia, y que ofrecen una doble dosis de calidez y bondad. Nuestra Iglesia debe tener siempre en cuenta la gracia especial que nuestros hermanos y hermanas discapacitados pueden aportar a la familia parroquial. Los sencillos ajustes que hacemos para ayudarles a participar en la vida de la comunidad siempre bien valen la pena.

Estas maravillosas personas, que tal vez tienen necesidad de ciertas adaptaciones en nuestras parroquias, nos ayudan a ver la mano de Dios en la creación, pues nos hacen recordar los dones que a tantos de nosotros simplemente no nos parecen fuera de lo común. Son, además, testimonios de la gran fortaleza y determinación que mucha gente tiene para superar los obstáculos que todos debemos enfrentar en la vida.

Casi todas las parroquias tienen actualmente un pequeño taburete detrás del ambón para que los niños o personas de baja estatura alcancen el micrófono cuando son lectores en una misa. Las barandillas que hay en lugares estratégicos para ayudar a las personas con dificultades de movilidad a entrar al santuario son ahora comunes. Algunas parroquias tienen bancos diseñados para acomodar a las personas que llegan en sillas de ruedas o que necesitan más espacio en la iglesia. Luego hay muchas comunidades que disponen de personas que interpretan en lenguaje de señas lo que se dice para aquellos que tienen dificultades auditivas. Casi todas las parroquias han habilitado lugares de estacionamiento para los feligreses que necesitan llegar más cerca de la entrada de la iglesia que la mayoría de nosotros. Cada uno de estos gestos de acogida facilita la participación de muchas de estas personas en la liturgia y en las actividades de la parroquia. Las adaptaciones han llegado a ser tan comunes que la mayoría de nosotros ni siquiera nos damos cuenta de que existen. Sin embargo, para aquellos que las necesitan sí representan medios convenientes de bienvenida para que se sientan acogidos “como en su casa” en la vida de la parroquia.

Recuerdo una vez, cuando era obispo auxiliar en Chicago, que me tocó presidir uno de los Ritos de Elección al comienzo de la Cuaresma y vi a una señora que venía caminando por el pasillo central de la catedral acercándose al altar con la ayuda de su perro guía. Estaba entrando en la Iglesia Católica como catecúmena con deficiencia visual. Su presencia fue un aleccionador recordatorio para mí -y sin duda para todos los presentes en esa ceremonia- de que su discapacidad física no era obstáculo para pertenecer a la comunidad de fe. De hecho, ella era un testimonio de que la luz de la fe era resplandeciente en su persona, e iluminó mi corazón y el de muchos otros también, para recordar que Cristo vino en realidad para ser la Luz de nuestro mundo, por lo cual todos estamos llamados a eliminar las barreras que sean obstáculos para que las personas acudan al Señor y se sientan acogidas en la Iglesia que Él estableció para todos.