Los católicos contemporáneos míos y otros mayores seguramente recordarán alguna época en que las ocasiones de contacto y encuentro con cristianos de otras confesiones eran limitadas y a veces hasta incómodas. En algunas oportunidades nos aconsejaban no asistir a bodas o bautismos en las iglesias de nuestros hermanos protestantes. Cuando una persona católica contraía nupcias con alguien de otra denominación, a veces había que celebrar el casamiento fuera del templo; por ejemplo, en un salón de la parroquia del novio o de la novia católica. Y en otras situaciones también se ponían de manifiesto las divisiones que existen hasta ahora entre las comunidades cristianas. Hoy en día, optamos por acentuar aquellas cosas que tenemos en común y procuramos buscar alguna manera de enfatizar nuestra unidad en Cristo. El ecumenismo verdadero no es negar la triste realidad de las divisiones que aún persisten, sino simplemente optar por trabajar para resolverlas con caridad y paciencia.

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se celebra cada año entre el 18 y el 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. En estos ocho días se invita a los cristianos de todo el mundo a orar por la curación de las heridas de división existentes en el Cuerpo de Cristo. Los católicos y todos los demás cristianos debemos rezar siempre por aquella unidad por la cual Cristo pidió en la víspera de su pasión y muerte, pero especialmente durante esta celebración cristiana.

El Concilio Vaticano II fue un momento decisivo en los esfuerzos que hace la Iglesia en materia de ecumenismo. El decreto Unitatis redintegratio ["Restauración de la unidad"] fue un llamamiento a los católicos a participar activamente en el diálogo ecuménico con otros cristianos en todo el mundo. Es este un diálogo que ha de existir en diversos niveles: dentro de la comunidad local, donde las asociaciones y proyectos ecuménicos abren espacios para que los cristianos realicen esfuerzos conjuntos; en las universidades que promueven estudios y programas ecuménicos, y en los intercambios jurídicos, donde funcionarios y autoridades eclesiales sostienen cálidos encuentros y expresiones conjuntas de diálogo que contribuyen a que la unidad de los cristianos adquiera forma concreta con aprobaciones y decretos oficiales.

Pero no debemos engañarnos creyendo que la obra del ecumenismo es una tarea fácil de lograr o que no hay diferencias importantes que siguen obstaculizando la senda hacia la plena unidad de los cristianos. Con todo, las dificultades no deben convertirse nunca en razones para desistir de realizar este esfuerzo importante y hacerlo con humildad. Hay sumos pontífices recientes que han ofrecido ejemplos asombrosos de apertura de canales cristianos de comunicación. El papa Pablo VI abrazó al Patriarca Atenágoras en 1965 y recíprocamente levantaron los decretos de excomunión que se habían intercambiado en 1054. A su vez, el papa San Juan Pablo II invitó a una serie de autoridades religiosas a reunirse en Asís en 1986 para rezar por la paz, y lo hizo en medio de una firme oposición de miembros de la curia. El papa Benedicto XVI autorizó la emisión de una serie de declaraciones consultivas interreligiosas sobre temas hasta entonces considerados imposibles de plantear. Por su parte, el papa Francisco ha cultivado una cálida relación con el Patriarca Bartolomé y otras autoridades de las iglesias orientales, tanto así que la desconfianza que persistía como legado del cisma de 1054 ha mermado considerablemente.

¿Qué podemos hacer hoy para acelerar la unidad de los cristianos? Obviamente, lo primero ha de ser orar por la restauración de una Iglesia plenamente unida en Cristo. En el plano local, debemos buscar oportunidades para conseguir que nuestro pueblo se congregue realizando actividades compartidas y como testimonio público de nuestro deseo de que todos volvamos a ser una sola Iglesia. Insto a nuestros párrocos a que participen activamente en asociaciones ecuménicas e interreligiosas y en los encuentros fraternales que se organicen en el vecindario. Esta semana de Oración por la Unidad de los Cristianos debe dar lugar a otras instancias en las que podamos pedirle al Espíritu Santo que restaure la unidad de todo el mundo cristiano.